miércoles, 17 de diciembre de 2008

LA CIGUAPA (Santiago Bonilla)


Había una vez, una ciguapa muy bella. Era un animal hermoso. Tenía el pelo negro como la noche. Se paseaba por el bosque entre ramas y ramas. Recogía flores en una canasta hecha de guano.
La ciguapa, llevando en sus manos una canasta grande, le pidió a una mata de jagua que le dejara caer varias frutas, y la mata se la negó.
-¡Voy a cortar una rama!- se dijo la ciguapa muy enojada.
-¡Tuntún! ¡Tuntún! ¡Jau! ¡Jau!
-¡Oh! ¡Se volvió un perro! ¡Me ladra! ¡Te dejaré! ¡Te dejaré! -le contestó la ciguapa. Salió corriendo. Y al llegar al manantial, al lado de una piedra, alimó su machete:
-¡Miao! ¡Miao! -gritaba la piedra.
-¡Oh! ¡Se volvió un gato! -Decía la ciguapa de forma muy sorprendida.
-¡Cua! ¡Cua!
-¡Cua!¡Cua! -Cantaban las ranas frente a la ciguapa.
-¿Qué hacen ustedes aquí? -Preguntó la ciguapa.
-¡Nosotras somos las hijas de la naturaleza!
-¿Por qué ustedes me siguen?
-¡No te contestaremos esa pregunta!
-¿Por qué? ¿Entonces, quién me contestará? -Preguntó en tono alto la ciguapa.
-¡La naturaleza! -Contestaron las ranas.
La ciguapa le siguió los pasos a las ranas que saltaban de piedra en piedra, hasta que llegaron a la montaña. Ella se sentó sobre una enorme piedra cubierta de lama verde.
-¿Quién es la naturaleza? -preguntó.
-¡Todo! ¡Todo! -contestaron las ranas en un coro de fino tono.
-¿Cómo que todo! -se extrañó la ciguapa.
-La naturaleza es vida. -Contestó una rana.
-La naturaleza es salud. -Contestó otra.
-¡La naturaleza es los árboles, las yerbas, las flores, las lluvias, y las piedras donde dormimos! -Contestó una tercera rana.
-¡El viento! -Dijo otra rana.
-¡Uuu! ¡Uuu! -Cantaba y bailaba el viento tumbando los nidos de las ciguas palmeras.
-¡Chuichui! ¡Chuichui! -Cantaban las garzas.
-¡Maaa! ¡Maaa! -Gemía la vaca.
-¡Cococoleco! ¡Cococoleco -Cantó de pronto una gallina.
-¡Kikirikí! ¡Kikirikí! -Cantó el gallo.
- ¿Oyes, Ciguapa? -dijo una rana.
-Esa es la naturaleza: amor, , vida, alimentos y salud. ¡Cuidémosla! -Dijo la rana más vieja.
Tanto las ranas, las ciguas de diferentes especies como las gallinas, los gallos, garzas y las vacas estaban todos reunidos. La ciguapa observaba muy sonriente, a todos los animales. Y al mirar hacia la entrada principal del desfiladero, oyó una voz:
-¡Ciguapa! ¡Ciguapa! -era una persona con una voz pausada.
-¡Ciguapa! ¡Soy el presidente! ¡Te voy a nombrar la reyna del bosque para que multipliques a cien millones, cada animal, según su especie.
-¡Está bien! ¡Acepto el reto!
La ciguapa se montó en un burro o asno y se fue a mirar hacia las entradas de los ríos; a localizar las tierras fértiles para las semillas y a reunir yaguas para construir bohíos; reía de alegría y la naturaleza florecía en belleza.
-¡Ciguapa! ¡Ciguapa! -Le llamaba la Cotorra Bandera.
-¡Ciguapa! ¡Ciguapa! -Soy el ave de los colores patrios!
-¡Ciguapa! ¡Ciguapa! ¡Reyna! ¡Reyna de nuestra naturaleza! -Le llamaron todos los animales.

Santiago A. Bonilla Meléndez (Santiago Bonilla), nació el 17 de julio del año 1961, en el Paraje Arroyo Bellaco de la Sección Bocas de Licey del Municipio de Tamboril de la provincia de Santiago, República Dominicana. Hijo mayor de Herminio de jesús Bonilla Santos y de Doña Cecilia de Jesús Meléndez Sánchez.

sábado, 15 de noviembre de 2008

La versión del Profesor José E. Marcano M.


imagen asociada: http://arescronida.wordpress.com/2008/02/

Nuestras Creencias: Mitos y Leyendas

La Ciguapa

La ciguapa es un personaje mítico que vive en el corazón rural de la República Dominicana, especialmente en las regiones montañosas. Aunque también se habla de ciguapas en Holguín, Cuba, parece que es un personaje típicamente dominicano y que habría sido llevado por los dominicanos que fueron a luchar por la Independencia cubana.

Las ciguapas son mujeres de tez morena con ojos negros rasgados y con el pelo negro, suave y lustroso. El pelo es tan largo que llega a constituir su única vestimenta. Para algunos son pequeñitas, con el cuerpo desproporcionado, mientras que para otros tienen piernas largas y delgadas. Incluso algunos dicen que su piel es azul.

Pero lo que verdaderamente distingue a la ciguapa "moderna" es que tiene los piés al revés, dirigidos hacia atrás, al igual que el Curupí guaraní y la Churel hindú.

Suelen salir de noche de los bosques y cuevas donde residen en nuestras montañas, emitiendo un gemido suave (hipido, corrientemente pronunciado jipido), que es su único medio de comunicación vocal. Son inofensivas, muy tímidas y temen a los humanos. Atraen a los caminantes de sexo masculino, los que desaparecen luego de haber sido seducidos.

"Hábitat" de las ciguapas
Pueden atraparse en una noche de luna llena con el auxilio de un perro manchado (blanco y negro) y que sea "cinqueño" (polidactílico), es decir que tenga seis dedos (pero la mayoría de las personas cree que los perros solamente tienen cuatro dedos). Por esas condiciones, se puede decir que es prácticamente imposible atrapar las ciguapas.

Tomando la clasificación griega de las ninfas, las ciguapas podrían ser Oréades (ninfas de los montes y montañas) o, más bien, Napeas o Napías (ninfas de los valles de montañas y cañadas, tímidas pero alegres).

Aunque se desconoce el origen de este personaje, los indicios llevan a pensar que no es muy antiguo. La primera referencia es la de Francisco Javier Angulo Guridi, quien en 1866 escribió la tradición o leyenda "La Ciguapa", que él llamó "novela". Nadie sabe de donde obtuvo las informaciones para dicha obra: si es creación suya o relata una historia escuchada. Interesante es que no dice que las ciguapas tengan los piés al revés por lo que se ve que esto es algo añadido posteriormente.

Las ciguapas no aparecen entre los mitos y leyendas taínos narrados por fray Ramón Pané ni otros Cronistas de Indias ni tampoco aparecen representadas en los petroglifos ni en la alfarería arawaca. Este hecho, junto con la tardía aparición escrita del personaje, demuestra que no era parte de la tradición taína. Su semejanza con el Curupí o Curapa guaraní (aunque solamente en cuanto a los piés) debe considerarse solamente como una semejanza; es poco probable que esa tradición haya llegado en tiempos modernos a la República Dominicana, sobre todo teniendo en cuenta las diferencias notables entre los dos personajes míticos.

Incluso el nombre, que algunos creen que es taíno, proviene del créole "Zi gouape" (en francés "Petit gouape" - pequeño bribón). Pero ese es un monstruo masculino, muy diferente a las ciguapas.

También se ha propuesto la hipótesis de que tenga un origen africano. El problema está en el desarrollo tardío de la leyenda y su ausencia en otras poblaciones afroamericanas, incluyendo Haití.

Tal como dice el antropólogo Marcio Veloz Maggiolo, el rastro de la ciguapa quizás pueda seguirse hasta la India: la churel que menciona Rudyard Kipling en su novela Kim. En esta novela, Kipling describe a la churel: "Una churel es un fantasma peculiarmente maligno de una mujer que murió en la cuna. Ella ronda por los caminos solitarios, sus piés torcidos y dirigidos hacia atrás en los tobillos, y lleva a los hombres para tormentarlos."

En su obra "My Own True Ghost Story", Kipling dice: "También hay terribles fantasmas de mujeres que murieron en la cuna. Estas erran por los caminos al atardecer, o se ocultan en los cultivos cerca de un poblado, y llaman seductoramente. Pero responder a su llamado es muerte en este mundo y en el siguiente. Sus piés está torcidos hacia atrás de manera que todos los hombres sobrios pueden reconocerlas."

Si tenemos en cuenta que la descripción más corriente que se hace de las ciguapas, que es una idealización de las mujeres taínas, se ajusta bastante a la de las mujeres hindúes, esta hipótesis de un origen oriental tiene mucho peso, más que cualquier otra. Un problema a resolver, de ser esa la hipótesis correcta, es explicar su llegada a nuestro país por lo que habría que analizar las inmigraciones durante el siglo 19.

Pero, cualquiera que sea el origen de este personaje mítico, las "ciguapitas" seguirán "jipiando" y llevando una vida tranquila en las montañas y montes dominicanos.

sábado, 18 de octubre de 2008

ASDRUBAL DOMÍNGUEZ

La ciguapa de Asdrúbal Domínguez
TONY RAFUL

-DE EL LISTIN DIARIO, MATUTINO DOMINICANO-

Hay gente que cree que no tiene que recordar y no se da cuenta que todo se convierte en pasado, incluso el aquí y el ahora, el intenso instante en que vive. Todo se vuelve cenizas, escombros insuficientes para datar una permanencia, solamente la historia sitúa los eventos, sistematiza la noción de período y extrae experiencias, desde el punto de vista consciente, para articular una realidad posible, un sentido de las cosas.

En un acto celebrado hace apenas unos meses en el campus universitario, uno de los invitados preguntó: quién era o había sido Asdrúbal Domínguez, al ver su nombre colocado en el edificio que aloja las oficinas de la Federación de Estudiantes Dominicanos. Quien preguntó lo hizo adrede, mientras el joven dirigente del gremio estudiantil, manifestó rápidamente que creía que se trataba de un profesor meritorio.

Con el tiempo, pienso que la mucha democracia, sin niveles de exigencia, sin rigor, no contribuye al ejercicio real de la democracia, sino a su degradación. Lo que se obtiene sin esfuerzo, lo que llega sin acopio de algún tipo de sacrificio, lo que se obtiene sin saber la sangre que costó la empresa libertaria y las conquistas sociales, no se valora ni se estima ni se defiende.

Soy de los que entienden el valor unificador de la memoria histórica y defienden el papel de las fundaciones, que mantienen vivo el recuerdo de los luchadores por la libertad. Independientemente de los valores ideológicos, Israel, sostiene una campaña activa e infinita sobre el Holocausto, la tragedia del exterminio nazi, que no permite ni autoriza que ningún ciudadano judío en ninguna parte del mundo, puede desconocer el dolor esencial de aquel genocidio.

Grave error fue la decisión del Presidente Balaguer de borrar con tractores y palas mecánicas la vieja casona del rancho Jacqueline, centro de torturas y crímenes conocido como “la 40”, despojando a los compromisarios históricos del legado de educar, orientar y mostrar a las generaciones del porvenir los daños físicos, morales y espirituales infligidos por esa maquinaria del terror que oprimió al pueblo dominicano.

No es de extrañar que aparezcan personas que sienten nostalgia por la seguridad trujillista y por el resurgimiento de un Trujillo, ignorantes supinos del abismo y la oscuridad de la Era defenestrada el 30 de mayo de 1961, por los disparos vengadores y justicieros de un grupo de héroes. ¿Cómo se puede ser dirigente estudiantil sin saber quién fue Asdrúbal Domínguez?

¿Cómo se puede ser dirigente estudiantil sin saber el significado del Grito y la Reforma de Córdoba? Asumo con mayor insistencia la idea de que hay que hacer pruebas a quienes aspiran a ser escogidos en certámenes estudiantiles, para indagar el nivel elemental de conocimiento en las áreas fundamentales de la historia. No debe ser dirigente estudiantil, quien no posea un nivel académico aceptable y fundamental, quien no puede opinar con propiedad en cultura y ciencia. Quien había preguntado, explicó, que Asdrúbal Domínguez fue el primer líder estudiantil de la Universidad, a raíz de la muerte del tirano.

Explicó, que era culto, reposado, no exaltado, que era dulce, que provenía de una familia de maestros, respetada, que tenía una cultura enciclopédica, que era socialista, que fue de los hacedores en la lucha estudiantil de la autonomía y del fuero universitarios, que era un intelectual, que estudió arquitectura, que combatió, arma en mano, en defensa de la soberanía nacional, que era pintor, que era ajedrecista, que era un disertante encantador, que era serio, que amaba la vida y las mujeres bellas, que antes de morir, se había ausentado de una forma de vida que confrontaba su forma libre de vivir, que había muerto para un nivel o instancia de vida que negaba sus sueños y utopías más queridas.

En la experiencia cubana todos los días son 26, dice el cartel de la calle, para significar que no hay olvido, que siempre se está tomando un Cuartel, un imposible, una fortaleza de problemas, para rememorar el asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, cuando se inició la lucha armada contra el dictador Fulgencio Batista.

Es posible que las imágenes saturen a los visitantes, que sientan detenido el tiempo histórico en ese decoro visual de los viejos edificios, pero perciben la gratitud, el honor de un pueblo agradecido. Si un dirigente estudiantil no sabe quién fue Asdrúbal Domínguez, ¿cómo puede saber quiénes fueron los líderes nacionales recientes, cómo puede saber quiénes son los adalides de nuestra independencia, cómo puede saber quiénes son los fundadores de la nacionalidad o las grandes figuras de la Revolución Francesa?

El que preguntó se alejó del escenario, tristemente, y pensó en su última conversación con Asdrúbal Domínguez, sobre un texto de Frantz Fanon, “Los condenados de la tierra”, donde Jean Paúl Sartre escribe un prólogo que vale tanto como la obra de Fanon, sobre el colonialismo.

El que preguntó, recordó una cita de Asdrúbal sobre otro texto de Fanon, un estudio psicológico sobre el comportamiento de los estudiantes africanos en París, la manera subliminal y erótica de vengarse de la Metrópolis, haciendo el amor a las rubias francesas. Recordó la taza de café, el hablar pausado, la risa y la fraterna silueta de un amigo inolvidable. Y simplemente, decidió escribir estas notas.
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lunes, 29 de septiembre de 2008

MANUEL MORA SERRANO en su 75 aniversario


75 años Manuel Mora Serrano

Luis Beiro - 9/6/2008

(En la foto: Alejandro Paulino, Edwin Disla, Manolito Mora Serrano y Miguel Holguín-Veras (q.e.d), mientras compartían después de la puesta en circulación del Diccionario del folklore y la cultura dominicana, en septiembre del 2005).

SU VALOR COMO ESCRITOR ESTÁ TANTO DENTRO COMO FUERA DE SU OBRA

(En Don Manuel Mora Serrano -Manolito-, se sintetiza una parte de la historia de la literatura de la República Dominicana. Por esa razón, Historiadoresdominicanos difunde complacido el trabajo que sobre Mora Serrano publicara el trabajador de la cultura Luis Beiro, en el Listín Diario. Alejandro Paulino Ramos).

SANTO DOMINGO.- Le gusta el vino oscuro y el wisky “claro”, como a Ernest Hemingway. Pero a diferencia del autor de “El viejo y el mar”, él bebe frente a sus amigos, haciendo cuentos de otredad e invocando la belleza a través del mejor exponente que existe: el rostro y el cuerpo de la mujer.

No anda en grupos, ni pertenece a peñas ni a cenáculos, pero es aplaudido y celebrado por todos los grupos y peñas. No tiene alma de marinero, pero le gusta recorrer (aún a sus 75 años) los campos y ciudades de la patria en busca de autores, personajes e historias, para luego trascenderlos en su palabra ejemplar.

Si alguien sabe en este país quién es quién, así como el valor que porta cada escritor del otro lado de su sombra, ese es Manuel Mora Serrano, un hombre poblado de sabiduría y humildad, quien por esta fecha arriba a sus 75 cumpleaños, luchando contra viento y marea para sacar a la luz pública a nuestros auténticos valores.

El personaje:

Su sentido del humor es amplio y contagioso. Extrae de su memoria las mejores ocurrencias y anécdotas como lo haría con su espada un diestro espadachín. No tiene preferencias para usarlo, tanto en los buenos como en los malos momentos. Compartir con él experiencias, aventuras y proezas culturales es un privilegio para los que buscan en los hombres el brillo incandescente de sus ojos.

Manuel Mora Serrano se ha dado a querer y a respetar en un medio tan controversial como el literario, gracias a su transparencia y a su firmeza de carácter. No posee la supuesta habilidad de caer simpático o de hacer “favores”, de manera gratuita. Mora Serrano trasciende porque jamás se ha involucrado en “chismes” ni en conspiraciones gratuitas, ni mucho menos, a “saldar cuentas” contra nadie. Por el contrario, a quienes le desean mal, sólo espera que la vida le de la oportunidad para hacerles un favor. Es, al decir de su gran amigo Arquímides Durán, ese majestuoso caballero que un día llegó de Pimentel, creyendo que el mundo era una fábula magnífica que podía ser vivida por todos y por todas con gran intensidad sin mirar las marcas y los tenues embates del amanecer cayendo como mole homicida sobre sus espaldas quemadas por el sol.

Y con su fe en el valor de la palabra y en el valor de la mirada de los hombres, se hizo abogado e impartió justicia en una buena parte de su amada región cibaeña, y donde también se había enrolado con gentes llenas de talento y de amor por las letras para fundar grupos culturales que todavía hoy son ejemplo de creatividad y crecimiento espiritual.

El escritor:

Padre ejemplar y amigo sincero, bajo la firma de Manuel Mora Serrano han aparecido algunas de las mejores páginas del siglo XX dominicano. Junto a la belleza estética de sus escritos sobresale también la profundidad de sus ideas y el instinto de rescatar la obra ajena, aquella que por diversas causas no pudo salir a la luz pública en su momento con toda su fuerza y su valor estético. Desde juventud escribió poesía, pero prefirió la narrativa, género donde ha dejado novelas y relatos que lo inmortalizan.

Mora Serrano dedicó 30 años de su vida a dejar constancia de su pensamiento literario en diversos periódicos y revistas nacionales. Su muy leída columna “Revelaciones”, un modelo muy difícil de superar, también recogía la crítica y la investigación como modelos a seguir.

Memorias:

Un hombre que a pesar de sus dimensiones literarias y humanas permanece en bajo perfil no puede dejar de ser motivo de interés para los que buscan una historia distinta en tiempos donde imperan la vanidad y el ansia insaciable de reconocimiento.

Manuel Mora Serrano es un “hombre de a pie”, pero mucho cuidado con mezclar letargo con juntura: cuando llega a cualquier sitio hay que “sacarle su comida” porque se vuelve el centro del mundo y no precisamente por el tono de su voz, sino por el aire de su historia. Alberto Peña Lebrón, y Cayo Claudio Espinal son, entre otros, algunos de sus buenos amigos de hoy de esos que guarda en un lugar muy especial de su afecto y a quienes acude en sus momentos de mayor urgencia vivencial.

Llegar a los 75 años con la frente en alto y la razón prendida de azahares es sólo dado a los que saben sostenerse, tanto en los bosques como en los mares.

Pero si también, el portador de esa efeméride cumple con una obra literaria nutrida de arpegios luminosos, el aplauso que merece es mucho mayor.

Mucho necesitan nuestras letras del retorno a los tiempos de la primera juventud de Manolo, cuando recorrer el país en busca de nuevos autores y aventuras era un sagrado instinto de creatividad.

Ojalá que nuestras nuevas generaciones comprendan la importancia del “turismo literario” de carácter interno y de la apertura de nuevos auditorios y espacios para la creación. Mucha falta que nos hace.

HISTORIA

Su vida:

Nació en Pimentel, el 5 de diciembre de 1933. Hijo de Manuel Mora Jiménez y María Ofelia Serrano. Cursó sus estudios primarios en su pueblo natal y los secundarios en Santiago de los Caballeros y en San Francisco de Macorís. Se graduó de abogado en la Universidad de Santo Domingo en 1956, profesión que ha ejercido durante muchos años. Entre 1958- 59 se desempeñó como Fiscalizador de los Juzgados de Paz de Pimentel, Mao y Villa Altagracia; en 1960 como Juez de Paz en Pimentel y en 1961-63 como Juez de Instrucción de San Pedro de Macorís.

Es miembro honorario del Ateneo de Moca, de la Sociedad Renovación de Puerto Plata y presidió la Sociedad Literaria Ad-miversa y el Club de Pimentel. Desde su columna Revelaciones, publicada en diferentes periódicos de Santo Domingo durante sus tres décadas de existencia, ha promovido a los principales protagonistas de la literatura nacional, especialmente a los escritores de provincias.

Sus investigaciones han ayudado al rescate de muchos autores y obras olvidadas por la historia y la crítica literaria local. En 1979 obtuvo el premio Siboney con la novela “Goeíza”, obra dedicada a rescatar a la Ciguapa, un personaje popular de la mitología dominicana.

viernes, 26 de septiembre de 2008

CIGUAPA DE ROSA TAVÁREZ


¿Qué me mira, cara de güira?
¿Qué me ve, cara de pez?
Soy ciguapa como Ud.
y los pies tengo al revés.
LNG
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domingo, 21 de septiembre de 2008

Ricardo Rivera Aybar

El Mito de la ciguapa
Tomado de la novela El reino de Mandinga, Premio Siboney 1985.

Y fue en la mañana y la tarde del día quinto cuando, decidido a pasar revista a todo lo creado, trepó escarpados cerros, vadeó caudalosos ríos, atravesó sierras impenetrables, aspiró la fragancia genital de la tierra desnuda y de los montes vírgenes de una región de aspavientos primigenios, donde el espectáculo de serpientes emplumadas, dinoaurios combatientes, procesión de moluscos trashumantes, hormigas supernumerarias y plantas fornicadoras fueron la fórmula perentoria y lacerante del apremio por la supervivencia, y he aquí que cohabitó Guaracocha con las hembras animales y vegetales consumidas de melancolía en las rutas de tentación de este universo temporal, pero como tales hembras no podrían darle descendencia, fue en la mañana del día sexto cuando se resolvió a decretar: "Hágase la hembra a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y señoree en las demás hembras de los cielos, las aguas y la tierra, y en suma sobre todo animal que se anda arrastrando sobre la faz de la tierra". Y Creó EL la mujer a su imagen, a imagen de Guaracocha, y como fue ella el engendro postrímero y cabal de una deidad marcada por un origen y un destino torcidos, torcido había de ser también algo de sí misma, por lo menos una parte del cuerpo de sí misma, de modo que quedó con los pies combados, y de tal forma resultó aquella hembra primogénita ser contrahecha, que aunque tuviera semejanza humana, poseyera rostro y miembros humanos, los pies de ella no eran rectos sino torcidos, por lo que cuando se movía no parecía que anduviera en derecho por tener los pies hacia atrás, y cuando andaba, siendo vista de frente, no parecía posible que se acercara, así como vista por detrás no parecía posible se alejase. Pasmado quedó EL de ver aquella criatura del absurdo, aquel ser inacabado de sus culpas, y sin embargo no paró mientes en avenirse con ella, intimarla, cortejarla y cohabitarla ininterrumpidamente hasta el día séptimo, en el que antes de retirarse a descansar llamó "Ciguapa" a su compañera, en cuya unión finalmente hubo de hincarla la tierra de varones y hembras de pies rectos y voluntades torcidas, que serían la simiente verdadera de la nueva raza de bronce llamada a poblar los reinos de su heredad.

Entonces tomó resolución Guaracocha, así quedó algo satisfecho de su obra, hacer su asiento en un gragmento de esta cosmografía quimérica que más tarde, millones de años más tarde, un poeta embriagado de nostalgia habría de colocar en el mismo trayecto del Sol y lo haría oriundo de la noche. De esta suerte llegó a occidente de hombres cándidos y simples que en el colmo de su ingenuidad, con el tiempo accederían a entregarle sus tierras, su oro, sus ganados y hasta sus mujeres al extranjero, a cambio de la insólita posesión del Sol y la Luna. Y así hubo de radicarse Guaracocha por los siglos de los siglos en este reducto atroz y blasfemo de diálogos con guacamayas y fornicaciones inverosímiles, deshaciendo y recomponiendo los capítulos inconclusos o defectuosos de su creación, que en definitiva reveló un orden desigual y un equilibrio singularmente disparatado, prueba de lo cual fue el caso de los infortunados perros, que por hallarse en un mundo tan reciente, en noches serenas y despejadas se pusieron a ladrarle a la luna, perturbando el sueño inviolable del amo de estos desparramados reinos, lo que motivó que un día, en un rapto de cólera, éste se resolviera a dejar a los individuos de esa noble casta sin voz condenándolos a deambular como seres extraños sin rumbo y sin destino por las inconsolables comarcas de la infamia, cual mudos testigos de los exabruptos de la entelequia y los actos de la profanidad a los que daría lugar la incontinencia del Ángel de las Tinieblas, quien auspició, como epílogo a su obra de apostasía, la degradación y la vida airada de sus súbditos, promoviendo la implantación de los lupanares del vicio, revelando ser ulteriormente un incomparable animador de la cumbiamba, la conga y el cumbé, así como sería en sus primeros tiempos el verdadero artífice de los carnavales pleistocénicos, donde se cuenta que entraba de incógnito, obsesaba a los hombres metiéndoseles en el cuerpo y bebía sin medida hasta los amaneceres sin resplandor de las macebías, ejerciendo su desmesurado carisma de amante infatigable, de macho prehistórico babeante de lava de averno, transpirando su hedor de azufre y agitando su rabo de perro alborozado sobre el resuello de un séquito de hembras estragadas por aquellas jornadas de amor inaudito que si no fuera porque las vivimos en carne propia no las creeríamos pues siempre oímos hablar de varones inconcebibles que hacían un amor de escarabajos de domingo a lunes, y no nos imaginamos que los había capaces de hacerlo también de domingo a domingo y lo decían en el mismísimo instante de su dulce agonía.

Cayo Claudio Espinal

La muerte de la ciguapa

Oyó el golpe seco de los ahorcados que caían en el piso de su alma, arañaban, pataleaban morados. Entonces un dolor de tonelada se le vino encima de pronto y sentía cómo se le asfixiaban una a una las cosas vividas en los años de su existencia. Pero luchó con puños secretos que tenía, con uñas se agarró a los minutos y se tapó la boca con trapos para no gritar hasta que su cuerpo se tumbó en el cansancio, en la inconsciencia del sueño.

Al recordar que las tristezas del mundo durante generaciones habían convertido en medio animales, en medio humanos a su familia, el cuerpo se le llenó de pavor y miedo tembloroso:

Recordó que su madre le decía que después de unos gritos horribles y estridentes, dentro de los mismos gritos llegaba, emergía un canto dulce, fluido y que era entonces cuando ellas podían convertirse en ciguapas o morían.

-No seguiré así, no moriré mañana. Dijo.

Todo comenzó cuando la vida se le hizo un nudo en la garganta.

Primero se llevaron a Pedro, lo metieron en la cárcel, jamás lo volvió a ver.

A su hijo El Moreno se lo trajeron de Vietnam, descalabrado. Todo muerto. A Boca de Perro le cortaron la lengua, sus adorables manos.

Su pobre Danilo quedó loco de tantos golpes que le dieron los guardias nacionales. A Sócrates se lo envenenaron.

Así fue como quedaron los hijos que tuvo aquella vez cuando ella andaba por el mundo.

Vivía en Pueblo Lorca, Municipio de la Provincia Duarte.

El sol amarillo del mundo cae aquí, los objetos parecen hechos de piel de girasoles.

El pueblo amarillo de Lorca fue mandado a construir por decreto. Sus habitantes se levantan temprano a acariciar las vacas que mugen de hambre; el gobernador tiene un sueño sensible y siempre se despierta rabioso.

Lo más interesante de este pueblo es la obligación de fornicar desde las nueve de la noche en adelante para que los hombres no piensen en tumbar gobiernos.

Y que se sepa en Pueblo Lorca a las mismas nueve de la noche comienzan los quejidos y los ríos de semen por las cunetas boyan donde los perros se los beben.

-No seguiré así, me moriré mañana. Dijo.

Como de costumbre, comenzó a recoger cucarachas de las que pasaban corriendo, les caía atrás y las exprimía. (Si las cucarachas cantaran como los grillos no hubiera derecho a matarlas; pero sólo pasean y comen y nunca levantan la voz). Pensó en los hombres. Fregó los platos. Mudó las sillas de guano a su sitio de costumbre. Cortó flores de su patio y las puso en un frasco color jarabe, ancho y lleno de agua. Luego comió: “a barriga llena corazón contento”.

-Si esta es la vida quiero morirme.

Por eso cuando sintió los ahorcados cayéndole en racimos, dejó que le sobreviniera un frío intensísimo que le erizaba los bellos y le paraba tanto los cabellos que parecían extendidos alambres negros.

Los ojos casi se le salían, empezó a gruñir convulsamente, a crisparse, los pies se le estaban torciendo con un sonido de palo quebrándose, ella gritaba, sudaba granos de lágrimas y el sopor la embargaba. El grito mayor fue cuando comenzaron a volteárseles las caderas, chirrió de espanto, la cara se le volvió una mueca, respiraba como resoplando con el estómago, extendió los pies como lo esterican los muertos, sintió cómo los gritos se les iban convirtiendo en una melancolía pesada y espesa, en una tristeza capaz de matarla y de la que salía un canto involuntario, un canto ajeno a sus fuerzas, un misterioso canto sostenido alto, melodioso, que dejó alargar como un hilo de música hasta que se le rompían las cuerdas vocales, hasta que se le estrellaban las arterias, el corazón arrítmico; roja la piel de la cara, morada por falta de respiración fue cayendo a la tierra hasta que sin dejar de cantar, sólo dio una revolcada de pollo y murió.

Se dice que el canto paralizó a los que lo escucharon y que éstos quedaron fuera de sí, atormentados, llenos de pesadillas, definitivamente inútiles para siempre.

Esa mañana fue encontrada derramando chorros de sangre por las narices, junto a los girasoles que ella criaba con sus orines en el triste Pueblo Lorca.

Todos sabían por qué morían las ciguapas, pero nadie dijo nada y los hombres siguieron ocupados, despertando, levantando quejidos a las nueve de la noche.

Publicado en Coloquio, sábado 28 de octubre de 1989
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