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miércoles, 2 de octubre de 2019

La ciguapa, por Juan Bosch (esta es una transcripción de OBRAS COMPLETAS, 1989)



Guasiba: tu paso onduloso, tus piernas duras y cobrizas, tus manos oscuras, tus brazos llenos, tu pecho alzado, tus hombros rectos y sólidos, tu cuello recio; Guasiba: tu piel brillante y parda como la yagua seca, tu boca en relieve, tus dientes apretados, tu nariz curva y audaz, tus cejas negras y lisas, tu frente estrecha, tu pelo negro que robaba luz, tus ojos pequeños, bravos y precisos; Guasiba; el óvalo largo de tu cara, la curva violenta de tu barbilla, tus pómulos altos, tus orejas redondeadas como el guanicán: ¿sábes dónde están ahora, Guasiba? Se fue comiendo todo eso la tierra húmeda y voraz, la negra tierra que orilla el Guaiguí. Yo sé dónde, Guasiba: bajo una piedra grande. Mucho tiempo ha estado cantando a tu vera el río que desciende al sao, mucho, bello macorix. Durante todo él no se ha cansado la tierra de morderte. Tú debes haberlo visto desde Coaibai, macorix, Guasiba.


En los haitises y en los saos de tierra adentro sopla el mara; por Higüey, venido de Andamanay, el huracán. El huracán, antes de que las lomas se llamaran Macoríx, trajo otra gente: firmes los hombros, fieros en el mirar, audaces; la frente se les alargaba en una pluma de guaraguao.
Anaó, Anaó la callada, Anaó flor de montañas, fue despierta a la creación una mañana, orillas del Jaigua. El caribe, que la hizo suya tenía raras figuras pintas con bija sobre el pecho duro.
Fue después de haber salido nueve ces Nonun cuando el bohío de Anaó tuvo visita: de nariz curva y corta como el caribe, ojos negros y bravos como el caribe, pequeñito todo lo más posible, Guasiba llenó la barbacoa en el bohío de Anaó.


Guasiba: niñito tú, ya eras odiado. Te veían mal porque tu padre era de una raza conquistadora; porque tenías en los ojos un brillo imponente; porque Anaó, tu madre, la flor más preciada en todos los saos y en todos los haitises que bañan el Jaiguá, el Cuaba, el Jima, el Xenobí y el Bija, no quiso, después de tu nacimiento, llevar su carne en ofrenda al bohío de otro taíno. El padre Yuna, Guasiba, tan lento, tan majestuoso, tan hermoso, pasaba por Jaguá nada más que para sentir los ojos de tu madre Anaó retratados en sus aguas; las anas sentían envidia de ella, de su sonrisa lenta y brillante, de su olor sano y grato; la cama gallarda no tenía tanta realeza como el talle de Anaó tu madre, Guasiba. El caimoní que come sol y sangre, asomado al río, no era tan rojo como los labios de Anaó. ¿Comprendes ahora por qué te odiaban los taínos, Corazón de Piedra?
Aquí en Maguá no: vivo tú, te quisimos; muerto hoy, te recordamos con agrado.
En toda la llanura de Maguá no encontrarás a Mayuba, Guasiba.


Con una voz fina y alegre, tan alegre como el trino del yaúbabayael, cantaba sus areítos Anaó, la taína de Jaguá.
"En tierras de Maguá -decía su canto- vive la ciguapa bella y olorosa, la ciguapa de cabellos negros y brillantes, la ciguapa que camina de noche y tiene los pies al revés".
"De noche sale -seguía el areíto-. De noche, cuando los cocuyo iluminan el bosque. Es bajita y se cubre con sus cabellos. Vive en los árboles, en el jobo, en el guanábano bienoliente".
La voz fina y alegre de Ana se oía todo el día. Cantaba si buscaba digo, si guayaba la yuca para hacer el casabi, si buscaba cipey para alisar el piso del bohío. Siempre cantaba la taína Anaó.
Infinidad de veces se iluminó el Jubobaba; años tras años el yaúbabayael sintió envidia de Anaó; día tras día oyó Guasiba el areito de la ciguapa. Y ya fuerte, cuando iba por los bosques en caza de ciguas o el conuco para buscar el maisi y la yuca, o al río para traer el agua, Guasiba perdía horas ojeando los árboles tras el bulto de la ciguapa que de día dormía y de noche recorría los caminos.


Yocanitex, el viejo bouhiti, juraba haber visto una ciguapa por tierras arijunas.
¡Nada! —decía— tan blanco como su sonrisa, nada tan oloroso como su cuerpo, nada tan erguido como sus senos".
Y terminaba:
¡Yocarí Vagua Maorocoti, el bueno y el grande rey de los dioses, dará en premio una tierra nueva e inmensa al que le dé hijos de una ciguapa".
Guasiba, hombre ya, oía y callaba. Se veía camino de Maguá; soñaba de noche con la ciguapa. Ninguna mujer parecía bella a los ojos de Guasiba.
Por aquellos días, cuando Nonum lloraba sobre la tierra, noche a noche, con lágrimas que traspasaban el bosque y se posaban en la hoja seca, se iba a conversar con las cibas menudas de la playa o con la raíz más crecida del mamey. Tanto anduvo solo, tanto pensó, que pareció cambiado. Muchos amaneceres le encontró Guey, la bien cortada cara entre las manos, los codos en las rodillas, la mirada sobre las aguas fugitivas de Jaiguá.
Un día los pies de Guasiba empezaron a pisar otro polvo: hacia acá vino, hacia nuestra hermosa Maguá.


Macorix Guasiba: bien que se alegraron tus ojos y bien que se ablandó tu tristeza en estas tierras de Maguá.
Maguá es como una sabana grande hasta lo increíble, adornada con esbeltas canas y claros ríos, adonada con toda clase de árboles; Guey y Nonum se riegan por toda la tierra de Maguá sin tropezar lomas; crecen en ella el apazote y el digo para perfumar al viajero. Nuestra tierra te dio guayabas, anonas, pitahayas, yabrumas. ¡Y de más cosas que te hubiera dado Maguá, de más nos hubiéramos sentido contentos, Corazón de Piedra!
Tu piel era más oscura que la mía; a pesar de estar como dormidos tus ojos anunciaban más fuerza y decisión: los músculos de tus piernas eran duros como la madera del capax. Ahora lo recuerdo, Guasiba, ahora.
Anoche Nonum estaba limpia y sola en el turey. Anoche se reunieron los hombres y los niños en el batey y para que yo les contara tu historia, macorix. Guarina, la reina Guarina, con su collar de caona al cuello y la cabeza adornada con anas, vino también a oír tu historia. Ellos quieren que yo los lleve a Guaiguí, que levante la ciba grande que pesa sobre tu cuerpo. Tú debes haberlo oído desde Goaibai, en el país de Soraya.


Toda la tierra que nos dio Guaguyona conoce tu historia, de Higüey a Jaraguá, de Jubobaba a Bainoa, de Guaniba a Samaná.
En las noches oscuras, si llueve y los pequeños tienen miedo, la madre habla así al hijo:
"En Guaiguí está, bajo una gran piedra, el macorix Guasiba. Vino de tierras lejanas, a través de todo el Maguá, en busca de la olorosa y bella ciguapa".
Todo Maguá piensa en ti; todo Maguá te recuerda. Ya no hay río ni bosque que no haya oído de ti.
"La ciguapa camina de noche —cuenta la madre al hijo— y el macorix bello y tranquilo camina de noche tras ella".
Todo Maguá piensa en ti. Yo he puesto alas de guaraguao a tu historia, Guasiba.


Oídme ahora: yo cuento así:
Guasiba llegó enfermo, con mucho fuego en la piel y los ojos hinchados, al pie de Guaiguí. Guaiquí está allí cerca, hacia donde Guey duerme todos los días. Allá llegó él, encendido, antes de que los cocuyos alumbraran. Yo puedo señalar el lugar donde él durmió esa noche, pero no me atrevo a ir porque estoy viejo y cansado. Fue sí al tronco de una cuaba, el más hermoso de todos los que coronan el guagí. Del Guaiquí baja cantando el río de igual nombre. Allí, a orilla del río, durmió Guasiba. Un amacey echaba hojas sobre las aguas y perfumaba el aire. Guasiba olía el amacey y sentía sueño.
Dos días y dos noches así estuvo, porque el calor del sol no le dio contento, sino cansancio.
Ha pasado ya buen tiempo. El gran Yocarí Vagua Maocoroti me enseñó a hablar con los graciosos pájaros. Nadie aprendió antes de mí el lenguaje de las higuacas. Una higuaca fue la que me dijo la historia de macorix Guasiba, la historia de sus dos últimos días.
Oídla: ella contó así:
Los ojos negros de la ciguapa más bella y más arisca de maguá vieron, la segunda noche, la sombra del indio. Ella sabía tras qué andaba el macorix.
Estuvo largo y largo rato contemplándole. Después bajó del amacey, cariñosa y distinta. Al inclinarse sobre el cuerpo del enfermo un gigantesco cocuyo le iluminó el negro cabello. Apenas se alzó un punto de brillo en los ojos de Guasiba.
La ciguapa arisca estaba tierna y admiraba la barbilla atrevida y los músculos duros, más duros que el capax, del macorix. Pero de los labios encendidos de Guasiba sólo una palabra salía: Anaó.
Mucha agua del río había pasado frente a ellos cuando la ciguapa vivió la verdad: frío como la ciba en la noche, frío hasta dar miedo se hizo el cuerpo del enfermo. Se habían cerrado sus ojos y los labios tenían color de maisí tierno.
Todo esto vio la ciguapa; todo esto vio y lloró.
Los guaraguaos comen carne y quizá vinieran en busca de la de Guasiba. Su opía podía, además, quedar vagando por los caminos tras los vivos, para asustarles de noche.
Con sus propias manos, pequeñas, oscuras y ágiles, cavó la ciguapa el hoyo, a orilla del Guaiguí. Guey al levantarse en la mañana, encontró cambiada de sitio la ciba grande, la más grande cerca del arroyo.
Aquel día sintieron las mujeres de Maguá, todas las que viven a lo largo del Guaiguí, después que éste cambia su nombre por Camú, que las aguas con que llenaban los canarís eran saladas. La higuaca me contó que les dieron ese sabor las lágrimas de la más bella y arisca ciguapa que viviera en Maguá.


Macorix Guasiba: la tierra negra y voraz, la tierra húmeda y alta de Guaiguí se ha estado comiendo tu cuerpo recio, tus ojos tristes y bravos a la vez. Quizás Anaó tu madre te espere todavía en su bohío.
Yo digo tu historia en el batey, cuando Nonum alumbra.
Bello y silencioso, el amor te dio vida y muerte. Aun así como estoy, cansado y viejo, siento alegría y orgullo si te recuerdo. Estaba muy joven cuando atravesaste mi tierra, casi tan joven como tú. Pero guardo en la memoria tu cuerpo musculoso, tu paso elástico y tu pelo negro.
En el país de Soraya está Coaybay; descansa en él.
Aquí, donde moramos los hombres, tienes un canto eterno: el del río Guaiguí, que murmura tu nombre.

Tres leyendas. Juan Bosch

jueves, 29 de diciembre de 2016

La Ciguapa por Juan Báez


Cuando terminó de hacer el mundo, Dios quedó muy agotado y decidió tomar el séptimo día para descansar. En los momentos de ocio, que para los humanos representan una cantidad impensable de años, optó por crear seres que le ayudaran a manejar los asuntos secundarios, que le sirvieran de asistentes y fue así que nacieron los arcángeles, ángeles, serafines y querubes.


Estos seres, en su organigrama burocrático, debían responder a un arcángel, Lucifer, también llamado Luzbel, cuyo asistente principal era Ariel. Permitió el Creador que los arcángeles aprendieran tanto que llegó el momento en que algunos se hicieron de la idea de que no necesitaban a nadie y pensaron en independizarse.

Así, cierto día, cuando estaba Lucifer fomentando ese pensamiento de independencia, se presentó ante él un serafín que se desempeñaba como mensajero interno, llevaba una nota con la orden de que debía presentarse al despacho del Señor de los Cielos.

Acudió al llamado con porte gallardo y seguro del poder con que soñaba. Su presencia provocó un inusitado movimiento entre los ángeles de la oficina, ya que no pocos lo veían como futuro amo. Con gestos de mando y sin anunciarse entró directamente al despacho celestial,  donde se le informó de la última acción divina: La creación del ser humano.

-He dejado para último la creación de un ser que se acerca bastante a la perfección, pues tiene el don de la palabra y del pensamiento. De toda mi obra es la más apreciada, la que representa mi forma de pensar. En la actualidad reside en un lugar llamado Edén o Paraíso  y todo le es facilitado para que no tenga problemas a la hora de procurarse su manutención, en ese lugar se multiplicarán. Espero ordenes a todos que le obedezcan y ayuden, no lo desamparen –Dijo Dios.

-No te obedeceré –contestó Luzbel -¿Quiere decir que después que hemos trabajado tanto para hacerte más liviana la vida, cuando ya no tienes que moverte para algunos asuntos, tenemos que obedecer a unos advenedizos? Porque según tú se multiplicarán y, de acuerdo a tu informe, en ese lugar lo tienen todo, por lo que no necesitarán realizar ningún esfuerzo para subsistir.
Después de estas palabras pensó él que la ocasión era favorable para tratar el tema de la separación, de sus deseos de actuar independientemente, gobernando su propio mundo y así lo hizo.

Tratando de ser tolerante y democrático llamó Dios a Consejo y advirtió que se había realizado una tenaz labor de zapa, que por estar de confiado le estaban minando su proyecto de vida y se sorprendió al notar que los rebeldes no eran pocos.

Debido a que el Señor del Universo les había tomado confianza y otorgado poderes para resolver asuntos secundarios, creían ellos podían dar vida y en la sesión dijeron que estaban dispuestos a demostrar de lo que eran capaces, que podían crear un muñeco de tierra y darle las mismas funciones y atributos que las del ser humano. Inmediatamente solicitaron se les permitiera hacer una pequeña demostración.

-Bien, si ustedes piensan que debo darles la oportunidad de regir el universo traten de crear algo –les dijo el Señor. Claro, Dios sabía de qué adolecían los insurrectos, porque no les había enseñado el último secreto y por tanto les permitió su demostración.

-Crearemos un ser humano y lo pondremos a trabajar. No será como esos haraganes que viven en el Paraíso Terrenal, esos que ahora quieres les sirvamos como si estuviéramos para convertirnos  en sirvientes de seres inferiores –alegó Ariel, un ángel, que además de ser asistente de Luzbel, se distinguía por su belleza.

Luego de pronunciar estas  palabras se dispusieron a realizar lo propuesto e inmediatamente tomaron un poco de tierra y…
-¡Un momento –tronó el Creador!- ¡Con mi tierra no, búsquense su propia materia prima! Les conmino, óiganlo bien, a que empiecen creando su propia tierra. ¿Así quieren demostrar que están listos para regir el universo? ¿Pretenden ser creadores usando el trabajo ajeno?

-Bueno, si quieres juzgar nuestro talento no está de más que nos prestes un poco de barro –dijo irónicamente Luzbel, quien además de ser cabecilla de los desafectos, era comandante en jefe del ejército rebelde en formación.

Sabía Dios que los seres que están fuera del contexto general, los oportunistas y depredadores, siempre tratan de escalar usando peldaños ajenos para, una vez que estén arriba, destronar a los propietarios de los mismos, que los oportunistas no se molestan en construir su propia escalera.

Finalmente y luego de una pequeña discusión de varios minutos celestiales, que, tal como hemos expresado, medidos en tiempo terrestre serán algo así como varios cientos de años, porque las cosas celestiales suelen tener unas medidas  que el razonamiento humano no puede comprender, Dios les permitió, bajo ciertas condiciones, usar su tierra.

-Sí, está bien, usen mi tierra, pero no ésta del barranco, que ya la tengo reservada para otras cuestiones, tomen aquella que está al lado del arroyo –les dijo.

Entonces usaron de la tierra del arroyo y crearon un ser viviente. En las filas de los desafectos hubo un gran murmullo de aprobación, pero, al no ser de la del barranco, que era la empleada por el Señor, sino la que contenía gran cantidad de arena, caliche y a veces barro, el ser creado salió chueco.


Fue así como nació algo que en vez de palabras emitía chillidos, que en lugar de vellos tenía el cuerpo cubierto de cabellos, de baja estatura, con los ojos rasgados y con los pies volteados, con los dedos hacia atrás y el talón para adelante. Este ser, al caminar, deja huellas que indican un rumbo contrario al que realmente lleva, ya que en lugar de ir hacia adelante, parece que va hacia atrás.

La obnubilación de los rebeldes era tal que no percibieron el fallo, se ensoberbecieron y fue necesario recurrir a la fuerza para apaciguarlos. De esto se encargó Miguel, el arcángel bueno, el que nadie notaba, que todo lo observaba, el militar silencioso y en el que verdaderamente había puesto Dios toda su confianza, para lograr el control necesitó la ayuda de Rafael. Debieron aplicar toda su argucia, poniendo a funcionar las más avanzadas estrategias militares que el Señor les había enseñado.

Finalmente, después de una lucha tenaz, los rebeldes resultaron vencidos y, cumpliendo sus deseos, los alzados fueron enviados a un lugar desde donde gobiernan su propio mundo. Allí el calor es insoportable, pues es donde se encuentra el fuego eterno.

Santo Domingo, octubre de 2009.
JUAN BÁEZ

viernes, 3 de abril de 2015

Francisco Javier Angulo Guridi (1816-1884) autor de LA CIGUAPA

Javier Angulo Guridi 1816-1884


Periodista, narrador, poeta, dramaturgo. Nació en Santo Domingo el 3 de diciembre de 1816 y murió en San Pedro de Macorís, el 7 de diciembre de 1884. A los seis años emigró a Cuba con sus padres y allí permaneció tres décadas. Fue en La Habana donde comenzó a publicar sus primeros textos y a desarrollar su vocación periodística. Regresó a la
República Dominicana en 1853, dando inicio a una intensa actividad de colaboración con los principales periódicos de Santo Domingo. Es autor de Iguaniona, la primera obra dominicana que se inscribe en la corriente indigenista.


OBRAS PUBLICADAS:

Ensayos poéticos (1843), La fantasma de Higüey (1857, 1868, 1981)) Memoria leída ante el honorable Ayuntamiento de Santiago, sobre construcción de un camino de hierro de dicha ciudad a Puerto Plata. (1860), La campana del higo (1866), La ciguapa (1866), Silvio( 1866), Elementos de geografía físico-histórica antigua y moderna de la Isla de Santo Domingo (1866), La imprudencia de un marido (1869. Una situación poco envidiable (1869), El panorama (1872-73), Iguaniona  (1881). 

Inéditas: Cacharros y maniseros (sainete, estrenado en 1867), Los apuros de un destierro (1867)) El Conde de Leos (drama en verso, estrenado en 1868)) Don Junípero (1868), Últimos cantos (poesía).

LA CIGUAPA (fragmento)

De Santiago de los Caballeros, Provincia principal de nuestra República, a Puerto Plata, que es el marítimo más próximo, hay por el camino viejo o de Altamira, veinte leguas castellanas; mientras que por el nuevo o de Palo Quemado sólo hay ocho y media de extensión, que corren a terminar en dicho puerto.

Aunque a primera vista parece que el viajero debe preferir el último camino atendida la prontitud con que respectivamente rendiría la jor-nada, no sucede así; porque trazado a través de una sucesión inter-minable de montañas gigantescas y bordadas éstas por infinitos ríos caudalosísimos, de frecuentes avenidas, el caballo sufre mucho en el tránsito, por cuya razón es necesario no apurarlo y desperdiciar por lo tanto el beneficio de tiempo que se pudiera obtener respecto del otro camino en razón de la menor distancia.

Sin embargo, hay algo de sublime en los peligros: bajar al Niágara en sus más solemnes arrebatos; cruzar por un andarivel sobre un abismo sin fondo, húmedo, imponente por cuanto solitario y tenebroso; aspirar el aliento de un volcán en los mismos bordes de su cráter; escalar los Alpes, sorprender al cóndor en su guarida, y andar perdido entre un bosque sin fin en noche oscura, o sobre el mar azotado por el huracán; son, a la verdad, escenas grandiosas, magníficas, soberbias, escenas que deben arrebatar el espíritu, llenar el corazón de brío, elevar y conmover. Santo Domingo no se presta a estas emociones absolutamente; pero tiene algo de solemne en su naturaleza, en la elevación de sus montañas, núcleo del sistema antillano, en su aspecto primitivo que conserva como ningún otro punto de la América y en los bramidos son-oros de sus ríos.

Partidario, pues, de todo lo nuevo o sorprendente, y avezado ya al camino de Altamira tomé el de Palo Quemado el día cuatro de junio del año de mil ochocientos sesenta para llegar a Puerto Plata el cinco y seguir mi viaje a La Habana en el Pájaro del Océano. Cinco horas de ruta, a contar desde la del alba, fueron suficientes para rebajar la potencia de mi caballo a tal manera, que ya subía las altas cumbres dando sordos gemidos, y entraba en los ríos a viva fuerza seguro de que le aguardaba un nuevo escalamiento. Lastimado de su quebranto resolví hacer alto en las floridas márgenes del Bajabonico. Un joven gallardo, al parecer de oficio labrador, se me acercó y tomó a su cargo la diligencia de aflojar la montura a mi caballo. Tenía un aspecto doloroso que contrastaba poderosamente con la energía de su musculatura atlética, y derramaba dolor en cada una de las miradas de sus grandes ojos negros.

-¿Va usted a La Habana caballero? me preguntó con dulce acento.
—Ciertamente, —le respondí; —¿Pero quién le ha dicho a usted que voy a La Habana?
-Mi tío, Señor, que es quien le lleva su equipaje… ¿El irá por
Altamira?
—Sí.
—Me admira que lo haya dejado a usted venir solo por este camino. Un buen peón nunca debe separarse del viajero... 
—Sin embargo, no le culpe usted. Mi venida por aquí es obra del antojo; luego, como afortunadamente en nuestra patria no se conocen los peligros que en otros países…
-¿Qué dice usted?- exclamó a media voz, y sentándose junto a mí sobre la yerba.
-Digo, que no hay malhechores en toda esta parte española.
-¡Ah…! Es verdad, pero en cambio hay otra cosa peor… Sí señor: hay otra cosa que roba y mata sin quitarnos la vida o el dinero…
-No lo comprendo a usted, amigo mío.
-Sin embargo, he dicho la verdad y en un idioma que no es a usted desconocido.
-Pero… la proposición de usted es peregrina, ¿quién que roba y mata no invade la propiedad y la existencia?
-¡La Ciguapa! …y así diciendo miraba en derredor con ojos aterrados.
-¿La Ciguapa? …repuse sorprendido y reduciendo a su mitad la fuerza de mi acento. 

El joven se quedó un instante inmóvil, con el oído atento como quien percibe algún rumor lejano; luego sonrió, puso sobre sus breves orejas los copos de cabellos que el espanto había esparcido por su frente, pálida como un botón de lirio, y levantando con trabajo la bóveda de su pecho lanzó al aire un suspiro triste cuanto prolongado. Desde luego adiviné algo de maravilloso en la vida y en el dolor de aquel joven, (que bautizaré con un nombre de mi gusto para evitar confusión en el discurso de este relato, por ejemplo, le llamaré Jacinto, siquiera sea porque la primera letra es también la primera de mi nombre) y curioso hasta la impertinencia resolví provocarlo a la revelación, aún a precio de sus más amargos sufrimientos. Esta curiosidad, sin embargo, no carece de nobleza. Yo tengo la costumbre de identificarme con todos los dolores, y a veces con sacrificio de mi tranquilidad y mi deber…

—Vive en el mundo una señora que me contó la historia de su corazón, entre sollozos y entre lágrimas… Esto dio margen a una pasión desesperada por mi parte, pasión que brotó del árbol de la piedad, y que antes de florecer fue hollada por la misma que en sus diálogos pedía una limosna de amor… 

¡Qué difícil es conocer la verdad en ciertos labios! Jacinto, pues, vuelto de su sorpresa y recordando mi última frase dijo:

—La Ciguapa, caballero: la Ciguapa es la criatura que con un alma como nosotros alienta sólo por el exterminio de nosotros mismos… ¡Pero usted no conoce la Ciguapa!
—Ciertamente que no, amigo mío; y si no fuera el temor de afligirle, me atrevería a suplicarle me diese algunas noticias de ese ser que aún en recuerdo le intimida.
—Será usted complacido, señor, más para que comprenda bien el mágico poderío de la Ciguapa, será preciso que lo vea confirmado en la desgracia que lloro sin cesar en medio de estas anchas soledades.
-Acepto, le respondí. —El me tendió la mano y añadió:
-Yo soy, señor, hijo de buen padre; pero víctima en primer término de sus opiniones políticas. Creyó que tal o cual doctrina era conveniente a la felicidad de nuestra patria, la enunció sin atender a las consecuencias, y luego tuvo que buscar el reposo en el destierro; dejando mi existencia de doce años entregada a las depredaciones de la orfandad. No sé si vive; pero tampoco lo acuso, aunque pudiera decir que más amó una doctrina que una prenda de su corazón… A espaldas de esa montaña que besando viene el río, habita el viejo Andrés, jefe de una familia numerosa y el cual me recogió agradecido a los favores que le otorgó mi padre en otro tiempo. Entre sus hijas hubo una llamada Marcelina, que me tomó un cariño extremado, y a la que correspondía yo con el mismo afecto; llegando esta afición a tal altura, que nos era
imposible estar diez minutos separados. Así cuando iba yo a cortar leña, ella me acompañaba al monte sin hacer cuenta de sus labores; y cuando ella bajaba con el calabazo a buscar agua al río, yo la seguía, indiferente a las obligaciones que la hospitalidad me había impuesto. Marcelina contaba con quince años: era hermosa como un clavel, de ojos negros, breve boca, cintura delgada y gallardas formas; a todo esto se agregaba una sonrisa angelical siempre retozando en sus labios purpurinos como en testimonio de la inocencia y ternura de su alma. El viejo Andrés, conocedor del corazón humano, presintió el resultado de nuestra ostensible simpatía y una noche nos dijo:
—Hijos míos, la juventud es imprudente cuanto más impresionable,
y temeraria hasta la locura cuando teme alguna contrariedad en sus manifestaciones. Para prevenir estos males difíciles de contener una vez desarrollados, quiero participar a ustedes que sus almas, espejos en que me miro sin cesar, tienen grabadas recíprocamente sus propias imágenes, y que esta especie de mirismo marcha a una fusión que aplaudo y que bendigo. Así, pues, ni hay que padecer con la idea de una tiranía que siempre he condenado en las familias, ni menos que disfrazarse con un tupido manto de reservas.
Di las gracias al viejo Andrés en una mirada, por su generosidad, y en seguida la fijé en el rostro de Marcelina; mas, inocente como mujer ninguna lo fue, nada comprendió de lo que había dicho su padre y continuaba embebida en su costura. Aquella noche no me fue posible dormir: hablé conmigo mismo de amor, de felicidad: veía a Marcelina turbada en mi presencia, oyendo la explosión de mis tiernos arrebatos, y lloré de gozo como un niño.
Tres meses transcurrieron, en los cuales sin alterar la índole de mi trato con Marcelina, el amor había dilatado mi corazón y embellecido mi existencia.
Al cabo de ese tiempo salimos una mañana para tomar agua del río... Allí caballero… debajo de esa mata de cera… ¡Ay! Allí nos sentamos como de costumbre a trazar un cuadro de flores para el porvenir… ¿Por qué no permitió Dios que yo hubiera enmudecido? ¡Ella viviera todavía; y habríamos gozado, como antes, sin darnos cuenta de nuestra felicidad!
-Valor, Jacinto, le dije conmovido. Entonces enjugó una lágrima y prosiguió de esta manera:
—Sentados, pues, debajo de ese árbol vimos discurrir cerca de una hora; hasta que yo excitado como nunca por la adoración contemplativa de los encantos que poseía mi joven amiga, le tomé y estreché apasionadamente una de sus manos.
-¡Ay, Jacinto! —me dijo sorprendida: ¡Cómo abrasa tu mano! Dime, ¿estás malo?
-No, Marcelina mía, le respondí balbuceando.
-Pero… a lo menos sufres…
-¡Ah! Lejos de eso, gozo de la felicidad en toda su plenitud.
-¡Egoísta! Y pensabas ocultármelo!
-Calla Marcelina! ¡Ah! Mira que conviertes así en dolores mi alegría. ¿Cuándo te he ocultado cosa alguna? 
-Perdóname, Jacinto: los que queremos bien somos a veces injustos; pero nuestras injusticias no bajan jamás al corazón. Veamos, ¿me perdonas?
-¡Oh! Te perdono hoy con más razón y más deleite que te hubiera perdonado ayer.
-¿De veras?
-¡Es mi alma la que habla…! 
-¡Es mi alma la que escucha! Pero tu mano me quema… Has dicho también una cosa… Y me miras de una manera… ¡Por Dios, Jacinto… ¿Qué está pasando de extraño entre nosotros? Siento mi rostro inflamado, mi corazón se agita… Te miro, y me estremezco… ¡Jacinto, explícame todo esto que yo no me basto a comprenderlo…!
Arrebatado entonces caí de rodillas sin abandonar su mano, temeroso de que asustada hubiese huido como una paloma, buscando auxilio en la choza de su padre.
-Es, Marcelina, le dije casi llorando en mi arrebato, es que nuestras almas se pronuncian contra la timidez, y se revelan en el lenguaje de las sensaciones el mejor de sus capítulos… Es que no podemos seguir así, callando lo que sentimos y desflorando en su capullo el botón de la juventud… es en fin, que la soledad de estas montañas, los susurros de sus brisas y el dulcísimo lamento de este río nos han hecho volver nuestras miradas sobre nosotros mismos y preguntarnos: ¿Qué es lo que sentimos y queremos? Ah! No es cierto que tal es nuestra situación en este instante?
-Yo lo ignoro, Jacinto, -me respondió toda convulsa;- sólo comprendo que si me abandonaras ahora, moriría de dolor sobre esta arena; pero tú no lo harás… porque me quieres mucho.
-No lo haré porque sería suicidarme, y me importa vivir por tu alegría.
-¡Oh Jacinto! ¡Cuánto gozo escuchándote! Qué hermosa novedad encuentro en tus palabras, y con cuánta delicia descienden hasta mi corazón! Habla otra vez, y dime qué es lo que te inspira esas ideas originales y conmovedoras, que así me recrean y sorprenden. ¡Habla!
-¡Marcelina! Para explicártelo basta sólo una palabra...
-¿Una palabra?
-Una que vale por todas las que representan nuestro idioma…
-Y bien… ¡Pronúnciala!
-Sí, voy a pronunciarla… ¡Oh! Escúchame…
-Habla.
-Yo te amo, Marcelina!
-¡Es posible! exclamó con la inocencia de los ángeles: ¿y cómo es que adorándote yo no participo de tus propias inspiraciones?
El diluvio de besos que estampé en su mano incendiada por la pasión fue la respuesta que dio mi gratitud; mientras ella esmaltada por el rubor a consecuencia de su bellísima espontaneidad, cerró los ojos e inclinó la frente como un aguinaldo en cuyo cáliz proyecta el sol su rayo más fogoso.
Calmadas las emociones del momento nos dimos cuenta del pasado y hablamos del porvenir.
—Serás mi esposa -le dije- y nuestra choza el templo del amor.
-Sí- me repuso enajenada, y te amaré como te amo hoy; porque amarte más es imposible. Mira, Jacinto; aquí mismo, al pie de este árbol levantarás nuestra cabaña. Así tendremos siempre presente nuestros juramentos. ¡Oh! ¡Cuánta felicidad! Pero vamos a echarnos a los pies de papá y a revelarle nuestro amor…
-¡Un momento más, querida Marcelina! ¡Es tan hermoso estar ahora a tu lado sin testigos!
-Es que tengo miedo, Jacinto…
-¡Miedo! ¿Y de quién tienes miedo cuando yo velo por ti?
-No sé explicarlo… pero de verdad que tengo miedo…
-Tranquilízate, mi bien -repuse yo conmovido por su interesante timidez; Dios desde su trono ha escuchado nuestras protestas de amor, y seguramente las bendice. Además, yo estoy aquí para defenderte y… 

Dos agudos gritos estallaron a la vez. El uno seco, estridente, fatídico como el de la muerte, salió de la cresta de la montaña y restalló de roca en roca hasta perder su timbre entre los murmullos querellosos de estas aguas; el otro... ¡Ay! el otro triste, profundísimo, grito de dolor arrancado al alma que se adormecía descuidadamente en brazos de la felicidad, partió del seno de Marcelina articulando con trabajo estas palabras:
-¡Dios mío! ¡La Ciguapa!
Esto dicho se desmayó. Privado de todo auxilio en aquella dolorosa situación, ceñí a Marcelina por la cintura, la suspendí hasta mis hombros y me alejé de este lugar, llevándola como a un niño que se duerme en los momentos más supremos de una fiesta.
Ni la ternura de su padre, ni el solícito cuidado de sus hermanos, ni el amor afligido de mi alma, ¡ay! nada señor, pudo devolver a la suya la tranquilidad que había perdido… Desde que cayó en el lecho fue víctima de una enajenación horrible, de un sopor espantoso, sólo alterado por la convulsión y los sollozos; si abría sus labios, ya sin carmín y sin color, era sólo para pronunciar estas palabras:
—¡Oh Jacinto mío! íbamos a ser felices… pero …yo vi la Ciguapa! ¡Adiós Jacinto!
Enseguida escondía la hermosa frente en la almohada y volvía a desmayarse. Para concluir, caballero, porque el recuerdo me asesina: tres días después de este acontecimiento doloroso dimos sepultura debajo de ese árbol de cera al cadáver de mi adorable Marcelina…

Calló el mancebo enjugando como a hurtadillas una gruesa lágrima que surcaba su mejilla. Yo me levanté, viendo que era tiempo de seguir en dirección de Puerto Plata y tomé mi caballo que se había alejado un poco paciendo la fresca grama de las inmediaciones, pero antes de cabalgar, y visto que Jacinto había dominado la emoción, me atreví a preguntarle.
-Y bien, amigo mío: usted me ofreció explicarme qué cosa es la Ciguapa, y mi curiosidad ha subido de punto con lo que acabo de oír… ¿Querrá usted cumplirme su palabra? 

-Sin duda, caballero; pero recordando a usted previamente que como nacido y educado, aunque a medias, en la ciudad de Santiago, no participo de las ideas supersticiosas de estos candorosos campesinos. Se dice que desde antes del Descubrimiento de esta Isla existe una raza cuya residencia ha sido siempre el corazón de estas montañas; pero que se conserva en toda su pureza, durmiendo en las coronas de los cedros, y alimentándose de los peces de los ríos, de pájaros y frutas. La Ciguapa, que tal es el nombre con que se conoce, es una criatura que sólo levanta una vara de talla: sin que por tanto se crea que en sus proporciones hay la deformidad de los llamados enanos en Europa, y aún en otros puntos de la América. Lejos de eso, existe una exacta armonía en todos sus músculos y miembros, una belleza maravillosa en su rostro, y una agilidad en sus movimientos tan llenos de espontaneidad y de gracia que deja absorto al que la ve. Tiene la piel dorada del verdadero indio, los ojos negros y rasgados, el pelo suave, lustroso y abundante, rodando el de la hembra por sus bellísimas espaldas hasta la misma pantorrilla. La Ciguapa no tiene otro lenguaje que el aullido, y corre como una liebre por las sierras, o salta como un pájaro por las ramas de los árboles tan luego como descubre a otro ser distinto de su raza; porque es sumamente tímida e inofensiva al mismo tiempo. En general se le atribuye una sensibilidad sin ejemplo, y se añade que habiéndola capturado algunas veces por medio de trampas abiertas en los bosques, se le ha visto morir a pocas horas de dolor, anegada en su mismo llanto; pero sin exhalar una sola queja ni menos revelar indignación. Por último, caballero, la Ciguapa es en su naturaleza idéntica a nosotros; y en cuanto a las manifestaciones del amor infinitamente superior, porque raya en el delirio. Sus celos terminan con la muerte, y es en este sentimiento tan intolerante y egoísta, que el cuadro de dos seres que se aman y acarician le arranca gritos de desolación que sólo se apagan en el sepulcro. Pero no es esto lo más admirable, sino que cuando es hembra la Ciguapa que sorprende esos coloquios, muere a la misma hora que ella el joven enamorado, y cuando es varón muere la amante como murió mi pobre Marcelina… En todo lo que llevo dicho no se descubre otra cosa que el triunfo de una creencia torpe; pero admitida y consagrada, sobre todo por nuestros inocentes campesinos. Esta creencia, pues, es la causa verdadera de una desgracia que lloraré con el corazón mientras tenga fuerzas para soportar su peso.

Dijo Jacinto, y estrechándome la mano desapareció por el caracol trazado rústicamente al pie de la montaña. Entonces volví a tomar el camino, preocupado con la existencia y las derivaciones de tantos errores como prohíja todavía la sociedad, despreciando la voz de la civilización y los testimonios irrecusables del progreso

DOS SIGLOS DE LITERATURA DOMINICANA - PROSA de José Alcántara Almánzar

La ciguapa, el pícaro y la dama

La ciguapa, el pícaro y la dama
Relatos y leyendas dominicanos

Andrés Blanco

Las once piezas literarias (entre relatos, fantasías indígenas, tradiciones, leyendas, cuentos fantásticos) que forman este volumen pertenecen a otros tantos de nuestros escritores más reconocidos del siglo XIX y la primera mitad del XX y construyen un panorama marcado por la diversidad de épocas, estilos y asuntos. El resultado es un material extremadamente rico, reflejo de la vida y las preocupaciones de aquellas décadas. Las firmas son: Javier Angulo Guridi, Alejandro Llenas, Federico Henríquez y Carvajal, Amelia Francasci, Temístocles A. Ravelo, César Nicolás Penson, José Ramón López, Fabio Fiallo,  Vigil Díaz, Tomás Hernández Franco y J.M. Sanz Lajara.

http://www.prisaediciones.com/do/autor/andres-blanco/

jueves, 29 de mayo de 2014

La ciguapa por Santiago Bonilla

Pintor dominicano, expuso en Museo de las Casas Reales.


Había una vez, una ciguapa muy bella. Era un animal hermoso. Tenía el pelo negro como la noche. Se paseaba por el bosque entre ramas y ramas. Recogía flores en una canasta hecha de guano.

La ciguapa, llevando en sus manos una canasta grande, le pidió a una mata de jagua que le dejara caer varias frutas, y la mata se la negó.

—¡Voy a cortar una rama! —Se dijo la ciguapa muy enojada.

—¿Tun tún! ¡Tuntún! ¡Jau! ¡Jau!

—¡Oh! ¡Se volvió un perro! ¡Me ladra! ¡Te dejaré! ¡Te dejaré! —Le contestó la ciguapa. Salió corriendo. Y al llegar al manantial, al lado de una piedra, alimó su machete.

—¡Miao! ¡Miao! —Gritaba la piedra.

—¡Oh! ¡Se volvió un gato! —Decía la ciguapa de forma muy sorprendida.

—¡Cua! ¡Cua!

—¡Cua! ¡Cua! —Cantaban las ranas frente a la ciguapa.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —Preguntó la ciguapa.

—¡Nosotras somos las hijas de la naturaleza!

—¿Por qué ustedes me siguen?

—¡No te contestaremos esa pregunta!

—¿Por qué? —Preguntó en tono alto la ciguapa.

—¿Entonces, quién me contestará?

—¡La naturaleza! —contestaron las ranas.

La ciguapa le siguió los pasos a las ranas que saltaban de piedras en piedras, hasta que llegaron a la montaña. La ciguapa se sentó sobre una lama verde que cubrían las piedras:

—¿Quién es la naturaleza? —Preguntó la ciguapa.

—¡Todo! ¡Todos! —Contestaron las ranas en un coro de fino tono.

—¡Cómo que todo! —Dijo la ciguapa en alto tonar.

—La naturaleza es vida. —Contestaba una rana.

—La naturaleza es salud. —Contestaba la otra rana desde lo alto de una piedra.

—¡La naturaleza es: los árboles, las yerbas, las flores, las lluvias, y las piedras donde dormimos! —Contestaba una rana.

—¡El viento! —Dijo otra rana.

—¡Uuu! ¡Uuu! —Cantaba y bailaba el viento tumbando los nidos de las ciguas palmeras.

—¡Chuichui! ¡Chuichui! —Cantaban las garzas.

—¡Maaa! ¡Maaa! —Gemía la vaca.

—¡Cococoleco! ¡Cococoleco! —Cantaba la gallina.

—¡Kikirikí! ¡Kikirikí! —Cantaba el gallo.

—¿Ciguapa? —Le llamaba una rana.

—Esa es la naturaleza: es amor, alimentos y salud. ¡Cuidémosla! —Dijo la otra rana.

Tanto las ranas, las ciguas de diferentes especies; las gallinas, los gallos, garzas y las vacas estaban todas reunidas. La ciguapa observaba muy sonriente, a todos los animales. Y al mirar hacia la entrada principal, oyó una voz:

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Le llamaba una persona con una voz pausada.

—¡Ciguapa! ¡Soy el presidente! ¡Te voy a nombrar la reyna del bosque para que multipliques a cien millones, cada animal, según su especie!

—¡Está bien! ¡Acepto el reto!

La ciguapa se montó en un burro o asno; miró hacia las entradas de los ríos; a localizar las tierras fértiles, para las semillas y a reunir yaguas para construir bohíos; reía de alegría y la naturaleza florecía en belleza.

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Le llamaba la Cotorra Bandera.

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —Soy el ave de los colores patrios!

—¡Ciguapa! ¡Ciguapa! —¡Reyna! ¡Reyna de nuestra naturaleza! —Le llamaron todos los animales…

 FIN

Santiago A. Bonilla Meléndez (Santiago Bonilla), nació el 17 de julio del año 1961, en el Paraje Arroyo Bellaco de la Sección Bocas de Licey del Municipio de Tamboril de la Provincia de Santiago, República Dominicana; hijo mayor de Herminio de Jesús Bonilla Santos y de Cecilia de Jesús Meléndez Sánchez.
Es Lic. En Letras y Abogado.
El cuento aparece en su libro CUENTOS PARA NIÑOS(AS), 1999.


Leibi NG


sábado, 8 de enero de 2011

Elizabeth Polanco sobre la Ciguapa

Escribí esto pensando en tu blog de la ciguapa ahora mismo. Si lo deseas tienes mi permiso para publicarlo en tu blog.
Elizabeth Polanco


Mitologia Dominicana















La Ciguapa

La ciguapa es imagen de volver al pasado
caminar hacia atrás retrocediendo el tiempo
descubrir los misterios,
reconquistar sus sueños

Encontrar las auroras que quedaron guardadas
saborear los secretos, la noche encandilada,
recuperar las horas de aquel dorado estío
que aún residen en él, tenuemente bordadas

Confunde los caminos
al alterar sus pasos
que nunca las encuentren la tristeza ni el llanto
esconde los ropajes, los sollozos, los mantos.

La ciguapa es imagen de quien domina el tiempo
vela al dormido que espera, cuida al que cansado vuelve.
es amiga del sol, cómplice de la luna,
dueña de la templanza, refulge hasta en la bruma.


Copyright ©2010 Elizabeth Polanco. All Rights reserved.

domingo, 8 de agosto de 2010

Noticia vieja pero válida

21 de diciembre de 2004
La Ciguapa gana Premia tu obra preferida 
La gran ciguapa del artista Domingo Guaba resultó la obra ganadora en la convocatoria Premia tu obra preferida, iniciativa en la cual el público pudo elegir su obra predilecta entre las seleccionadas para el XX Concurso de Arte Eduardo León Jimenes. 
El artista dominicano Domingo Guaba posa junto a la escultura de su autoría La gran ciguapa, obra realizada en medios mixtos, papel, ega, pelo sintético y pintura.

La gran ciguapa fue la obra ganadora de la convocatoria Premia tu obra preferida, que realizó el Centro León para que los visitantes a la exposición de la vigésima versión del Concurso de Arte Eduardo León Jimenes pudieran hacer una reflexión sobre las obras de la muestra y votar por la que prefirieran. El acto de premiación estuvo presidido por Sara Hermann, Pedro José Vega, Sonja Arias, Myrna Guerrero y el director general del Centro León, Rafael Emilio Yunén, quien hizo entrega del certificado a Domingo Alberto Guaba Rodríguez.

De un total de 3,415 votos, la creación de Guaba obtuvo 1,277 votos, correspondiendo a un 37.39% de la preferencia del público que visitó durante los dos meses que tiene la exposición ubicada en el segundo nivel del Centro León. Otras obras que obtuvieron altos números en las votaciones fueronTrampa para lágrimas, de Pascal Meccariello; La gloria está más arriba, de Luis Nova; Los que me velan no saben, de Gerard Ellis; Bandera Invadida, de Robert John Álvarez;Síndrome de roba la gallina, de Johnny Bonnelly y Camino a un nuevo día, de Eladio Miguel Fernández.

Domingo Guaba nació en Santo Domingo en 1978. Es un autodidacta en el área de las artes y es en el año 2001 que participa en las colectivas La Altagracia, Virgen de la libertad, Capilla de los Remedios, Santo Domingo y Río San Juan,Gesta Heroica de la República Dominicana, Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas y Feria Internacional de Libro en Santo Domingo y Gran Teatro del Cibao en Santiago. Está presente en el mural conmemorativo al 157 Aniversario de la Batalla del 30 de Marzo, Santiago de los Caballeros. Obtuvo dos galardones: Primer Premio en el I Concurso de Pintura de la Secretaría de Estado de las Fuerzas Armadas Gesta Heroica de la República Dominicana y Mención de Honor en el I Concurso de Pintura Joven de las Américas, Casa de Teatro, Santo Domingo. En el año 2003 concurre a la octava versión delConcurso Nacional de Pintura Agro y Naturaleza, Junta Agroempresarial Dominicana.
JMP